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Érase una vez...

Niños grandes

[Una difícil decisión]

[Una difícil decisión] Puso unas flores encima de la mesa y luego se marchó. Tras de sí, dejaba toda una vida. Abrió la puerta, y justo antes de poner un pie fuera de aquella casa que le había proporcionado tantas alegrías, echó un último vistazo a su alrededor. Cuántos recuerdos permanecían en aquellas paredes. Cuántos suspiros se habían perpetuado en las cortinas y en los cuadros. Le costaba marcharse, no lo podía negar. Sin embargo, lo hizo.

La noche anterior a su partida, Juan había estado preparando una cena romántica para Nora (su novia) y él. Había preparado pato a la naranja y compró por la tarde el mejor vino que le recomendó su amigo Antonio, el de la tienda de vinos. No quiso que la cena se quedara sin postre, así que compró helado de tiramisú, que era el que le gustaba a Nora.

Puso un mantel de color burdeo y unas velas a juego. La cena fue en el salón. Hubo algo realmente maravilloso: No sólo estaban las velas a juego con el mantel de la mesa, sino que también estaban otras cien velas repartidas por todo el salón. No se encendió la lámpara en toda la noche. No hay mejor luz que la luz de las velas en una noche romántica.

Hubo más sorpresas aparte de las velas y la cena. Desde el salón hasta el cuarto de baño, hizo un camino de pétalos de rosas. Tenía pensado bañarse con ella después de cenar. Puso también velas allí, sales aromáticas, aceites con diversos olores… Un baño que resultaría muy placentero. Y puestos a poner velas, era de esperar que también las pusiera en el dormitorio.

-Estaba todo exquisito Juan. No me creo que lo hayas hecho tú todo. –Dijo Nora.
-Que sí lo he hecho, tonta. Me he quedado aquí toda la tarde como una maruja cocinando para ti. –Respondió Juan en tono chistoso.
-Pues que sepas que es la mejor cena a la que he asistido. Y todas estas velas… De verdad, eres un cielo. Me encanta como lo has preparado todo. Pero… ¿A qué se ha debido todo esto?
-A nada en especial, cariño. Simplemente, me apetecía tener un detalle distinto contigo. ¿Has terminado ya?

Nora asintió con la cabeza. Dejaron todo tal y como estaba. Apagaron una a una las velas del salón. Cuando acabaron, Juan comenzó a besarle suavemente el cuello a Nora. Nora se giró y ambos se besaron apasionadamente. En un instante, los cuerpos de aquellos dos enamorados se volvieron en un solo cuerpo. Las manos de Juan sirvieron de guía al cuerpo de Nora. Lentamente se dirigieron al baño, donde les esperaba un baño lleno de excitación. Después de aquél largo baño, se dirigieron a la habitación. Aquella noche, Juan y Nora no hicieron el amor: el amor les hizo a ellos.

Era temprano cuando Juan se despertó. A la vez que fue preparando toda aquella velada, fue haciendo la maleta. Sólo tenía que vestirse y marcharse. Y eso hizo. Se puso la ropa que ya tenía preparada y besó dulcemente la frente de Nora. Salió de la habitación y puso una nota encima de la mesa del comedor. Encima de esa nota, puso unas flores y se marchó.

En la nota ponía lo siguiente: “Querida Nora: Sé que jamás me perdonarás que te haya abandonado. Sé que jamás me perdonarás que me haya marchado de esta forma, sin una despedida, sin una explicación. Para todo el mundo, yo soy feliz, yo estoy bien en todo los aspectos de la vida. Incluido para ti, mi vida. Pero os equivocabais. Es cierto que estaba bien en todos los aspectos de la vida… En todos menos en uno. Mi alma no está bien. Está dañada por el paso del tiempo, por los palos de la vida, por las heridas que no cicatrizan. Mi alma me ha pedido un respiro, me ha pedido una tregua. Y yo he decidido concedérsela, pues a ella le debo todo. No espero que me comprendas, pues sé que no lo harás. Has sido una gran mujer, Nora. Has sido la mujer más importante de mi vida. Pero ahora comienzo un nuevo camino, y en este camino no puedes venir conmigo. Gracias por todos estos años compartidos. Gracias por todo. Te querré siempre, mi vida.”

Hay veces en la vida que ni las personas más cercanas a nosotros se dan cuenta de lo mal que lo estamos pasando. Es entonces cuando debemos tomar la determinación (o no) de continuar solos por el bien nuestro. Sé que muchos de vosotros sabéis de lo que estoy hablando. Hoy por hoy, yo he decidido continuar sola mi camino, pues la decepción ante la vida no me deja estar acompañada por nadie.

[Hace mucho tiempo...]

[Hace mucho tiempo...] A ver niños, en el menú de la derecha, en la parte de SIMPLEMENTE LA QUE ESCRIBE, he colocado unos botones para que me votéis en los premios de 20minutos de blogs. Me haría mucha ilusión que me votáseis :) Pues eso, que sólo os lo quería decir :) Ahora viene la historia de hoy :)

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Cuatro años. Tan sólo tenía cinco años cuando a Victoria le regalaron su primer piano. Era enorme, con una madera que se veía brillar desde lejos.

-Papá, ¿y esto para qué sirve?
-Es un piano. Sirve para hacer música. Mira, tócalo.

Victoria lo rozó suavemente. Parecía que tuviese miedo a que se rompiera o a que se desplomara allí mismo. Su padre rió. Victoria quedó asombrada cuando comprobó que de cada tecla que tenía aquél enorme trasto, salía una melodía que endulzaba el oído de cualquier persona.

-¿Ves? Con esto se hace música. Con este piano, conseguirás tranquilizar a niños, a parejas, a grupos de personas, a masas enteras… Y algo más difícil que todo eso: conseguirás tranquilizarte a ti misma en un futuro.
-Pero si yo estoy muy tranquila papá.
-Eso es ahora, porque eres una niña. Pero cuando crezcas, comprobarás que todo se complica, mi vida. Y por desgracia no verás las cosas como las ves ahora.
-Pues entonces… Yo no quiero crecer.
-Tendrás que hacerlo Victoria. Pero te voy a enseñar algo: Con este piano, si logras tocarlo a la perfección, conseguirás que tu mente siempre quede en tu niñez, pues recordarás este día, y todos esos días en los que aprendiste a tocar este instrumento. Sé que ahora no lo entiendes. Además, las explicaciones no son lo mío. Pero algún día…

Y ese día llegó. Victoria se encontraba rodeada de gente, pero se sentía inmensamente sola. Gracias a aquél piano, había conseguido ser una persona popular en su especialidad y respetada por todos los amantes de la buena música. Hacía maravillosos conciertos y asistía a numerosas galas (algunas de ellas en su honor). En el mundo laboral, todo le iba genial.

Pero no es oro todo lo que reluce. Apenas tenía tiempo que dedicarles a sus hijos pequeños, ni a su marido ni a su familia. Se estaba perdiendo los pequeños y grandiosos detalles de la vida. ¿Cuánto tiempo hacía que no iba a la playa, o que no se tomaba un refresco en una terraza de algún lugar completamente desconocido? ¿Cuánto hacía que no jugaba con sus hijos a los castillos encantados o a los coches de bomberos?

Su padre tenía razón… Cuando tocase aquél piano, le recordaría a su niñez… Cada vez que tocaba ese piano, se acordaba de cuántas horas había perdido de juego, de cuántas horas se había quedado en casa sin salir por tener que practicar, de cuántas cosas había perdido. Ese piano, le había llevado a lo más alto. Pero se había dejado atrás lo más importante: Ese trasto de madera jamás podría darle el calor de unas manos que tocaban su piel o de un susurro antes de irse a dormir.

Su padre quiso que los recuerdos que le transmitiese ese piano en el futuro, fuesen distintos a los que estaban siendo realmente. Aquella noche, Victoria se dio cuenta de todo ello. Abandonó la sala llena de gente que no le proporcionaba lo más mínimo, para irse a otro lugar donde, tres personas le llenaban el corazón y el alma de felicidad.

Esa misma noche, decidió ser ella. Cogió el primer avión que pudo y se marchó a su casa con su familia. Fue recibida con los brazos abiertos.
Esa misma noche, Victoria eligió vivir.

[El sonido de tus tacones]

[El sonido de tus tacones] Desde pequeño, a Javier le gustaba mucho escuchar a las mujeres caminar. Le resultaba gracioso ese sonido que producían los tacones. Le relajaba. Había llegado a estar tan atento al sonido de los tacones de las mujeres, que llegó un día en el que supo reconocer a cada mujer de su vida por ese sonido.

“Clac… clac… clac…” Sonaban los tacones de alguien.

-Mira, ahí viene Susana. –Le decía a quién estuviera con él.

También sabía si la persona que caminaba con tacones estaba contenta o triste; cansada o animada; enfadada o tranquila. Nadie logró saber jamás cómo conseguía toda esa información a través de ese sonido tan simple.

Se solía sentar en la plaza las tardes en la que no tenía nada que estudiar y hacía buen tiempo. No conseguía ver a ninguna mujer que caminara realmente bien con esos zapatos que daban vértigo con sólo mirarlos. En algún momento de su camino, ese largo tacón les fallaba y provocaba casi la caída.

Puede parecer tonto, pero la obsesión que tenía Javier desde pequeño, era encontrar a una chica que realmente no se pusiera nerviosa cuando la miraran, a una chica que en ningún momento de su camino le fallara el tacón, a una chica con paso firme, que fuera ella quien dominara al tacón y no viceversa.

“Javier, lo que tú buscas se llama perfección. Y eso no existe. Creerás que no, pero tú buscas la perfección en la manera de andar de una mujer, en el sonido de sus tacones. Pretendes que jamás se caiga, que vaya con total seguridad siempre, que no tenga tan siquiera un pequeño desliz… Exiges demasiado, mi vida”. Solía decirle su madre.

Javier siempre se negó a darle la razón a su madre. Pero en el fondo, sabía que la tenía. Se refugiaba en esa obsesión, en esa manía… Y nunca encontró lo que buscaba… Hasta que un día…

Era una mañana de primavera. Javier salió temprano para correr un rato pues hacía tiempo que no hacía deporte y su cuerpo comenzaba a resentirse pese a su juventud. Corrió una media hora por la playa y otra media hora por el paseo marítimo. Le gustaba salir temprano para sentir el aire fresco de la mañana en su cara. Cuando se sintió cansado, se sentó en un banco que encontró en su camino. Miró hacia el suelo sin pensar en nada. Llevaba dos meses sin fijarse en el sonido de los tacones de la gente, y no había caído en esta cuenta.

Mientras estaba absorto en sus pensamientos, un sonido irrumpió su silencio interior. “CLAC… CLAC…” Eran unos tacones. ¿Pero qué tenían esos tacones que habían hecho que después de dos meses sin fijarse en ese sonido, volviera a hacerlo ahora? “CLAC… CLAC…”

“Paso firme… Es una chica segura de sí misma…” Pensaba Javier. Alzó la vista y siguió a la chica con la mirada. Efectivamente, iba con paso firme hacia algún destino que parecía esperarla impacientemente. La observó durante unos minutos. Sus tacones no le fallaron ni un segundo, aunque la chica supiera que estaba siendo observado por un extraño.

Javier se levantó y fue tras ella haciendo footing. Cuando llegó a su altura le habló:

-Hola. Me gusta el sonido de tus tacones.

La chica, sin parar de caminar, le miró y sonrió. Tras una conversación bastante tonta, Javier supo que no había ningún destino que le esperase a esa chica. Simplemente estaba paseando, al igual que él estaba corriendo. Llevaba una vida bastante monótona y tenía la esperanza de que aquella mañana le ocurriese algo. Y lo que le ocurrió, se llamaba Javier.

Consiguió que la chica aceptara tomarse un café con él aquella mañana. Y a esa mañana le sucedieron cientos de cafés, de almuerzos, de cenas, de noches románticas, de paseos por la mañana…

A partir de ése día, la obsesión de Javier por el sonido de los tacones de las mujeres, había desaparecido por completo. Ya había encontrado el sonido que necesitaba, el sonido que le hacía temblar de emoción, el sonido que le hacía sonreír e incluso llorar. Al fin había encontrado su sonido. Y no le importaba si a la chica, que se llamaba Paula, le fallaban sus tacones en algún momento de su camino, pues había comprendido que si esto ocurría, él sería su apoyo, él se convertiría en sus tacones y no dejaría que por ese desequilibrio Paula cayese.

[¿Error o destino?]

[¿Error o destino?] Por error escribió mal la fecha ese día en su diario. ¿Por error? Nunca le había pasado. Aunque claro, no es de extrañar que le sucediera eso. Llevaba unos días muy liada y con muchos pájaros en la cabeza.

Demasiados clientes en la oficina, problemas con la familia, preocupaciones variadas… Y la mayoría de esas preocupaciones se las podría quitar de encima. Pero ella era así. Quería ayudar a todo el mundo. Y no le bastaba con sus problemas. Se echaba a sus espaldas los problemas de los demás también.

Estaba demasiado metida en sí misma. Su vida era una pura monotonía. Una rueda que no paraba de girar en el mismo sentido. Las mismas personas, los mismos paisajes, los mismos sonidos de siempre. Nunca había experimentado otras cosas. Siempre era lo mismo.

Los de su alrededor pensaban que ella era feliz así, metida en su trabajo y en sus pensamientos. Pero si hubieran leído tan sólo una página de su diario hubieran comprobado que estaban equivocados.

Ella deseaba terminar con todo eso. Deseaba tener alas y volar lejos de aquél lugar que le estaba oprimiendo el pecho hasta llegar a asfixiarla. Quería tener el coraje suficiente como para decirle al resto que ya tenía bastante con sus cosas. Pero no era capaz. Se limitaba a seguir mirando al frente.

Ella no pasaba por la vida. La vida pasaba por ella. El tiempo se le escapaba de las manos. Veía demasiados atardeceres sin apreciar todos esos amaneceres. Estaba desperdiciando el maravilloso don de vivir. No lo estaba disfrutando, y ella se daba cuenta.

Y ese día, puso mal la fecha. Por error o por el destino, pero la puso mal. ¿Cómo una cosa tan insignificante como es poner mal una fecha en un diario puede hacerte ver todo desde una perspectiva distinta? Ella no lo sabía.

1/0/2005. “Uno del cero…”, pensaba. Algo tonto, sin duda. Pero ella se tomó eso como si la vida le hubiese dedicado un guiño. Imaginó como el tiempo le estaba diciendo que ya no le permitía más prórrogas para cambiar. Que ya llegó la hora de pensar más en ella y disfrutar. Por eso, el primer día del mes cero del año en el que estaba pasando todo.

Para muchos, esto que le ha pasado a ella es una auténtica bobada. Pero a esa chica, esa bobada consiguió que su vida diese un giro de 360º. Y fue muy feliz a partir de entonces.

[Detrás de una nube]

[Detrás de una nube] Cuando terminaba el día, a Mar le gustaba tomar un baño de agua caliente. Llenaba la bañera y mientras tanto ponía música en el salón. Dependiendo de su estado de ánimo, así sería la melodía que sonaría. Esa noche tocó la banda sonora de una de sus películas favoritas.

Fue a su habitación y cogió el pijama. El calor del agua y el de la estufa hacía que el baño resultara un paraíso para el día de frío que había pasado. Echó gel de baño para que hiciera espuma. Se desvistió y se metió muy lentamente en la bañera.

Era su momento de relax. El momento cumbre del día. Ahí, ella sola con sus pensamientos en la bañera. Se olvidaba de todo: No importaba las cosas que tenía que hacer al día siguiente, ni las discusiones que había tenido en la oficina.

Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Dejó que su mente viajara como hacía cada noche. Apenas tenía tiempo para visitar lugares, pero eso no le importaba, porque gracias a su imaginación había estado en el Gran Cañón del Colorado, en la Fontana di Trevi, en Japón, en la cima del Everest… Había visto tantas cosas con sólo cerrar los ojos y liberar su mente.

Esa noche, tocó un viaje por el firmamento. De un salto llegó a la luna y se sentó en el piquito. Observó durante un rato el planeta, con todas esas luces pequeñas. Después visitó varios planetas más. También se acercó al sol para sentir ese calor de cerca. Pero como era su sueño, no se quemó.

Se escondió detrás de una nube jugando al escondite con el viento. Descolgó estrellas del cielo con su risa y tocó todo el infinito con la yema de sus dedos en cuestión de minutos.

De pronto subía como bajaba. Le salían alas y hacía piruetas con los pájaros. Reía.

El sonido del timbre de la puerta hizo que Mar terminara su viaje por el cielo. Salió de la bañera. El espejo estaba empañado. Una sonrisa pícara demostró que sabía quién estaba llamando. Antes de ir a abrir, dibujó un corazón en el espejo.
Fue mojando todo el piso. Sólo llevaba un albornoz. Abrió.

-No te esperaba tan pronto.

[De atardeceres con amigos]

[De atardeceres con amigos] Había pasado mucho tiempo desde la última vez. Todos habían cambiado en algo. Adolfo estaba más gordito, Belén se había cortado el pelo, Marga se tiñó de pelirroja y se había hecho algún que otro arreglo en el cuerpo, Álvaro había cambiado sus pintas de toda la vida por un traje de chaqueta, Felipe se había mudado de ciudad y su aspecto en general había dado un giro de 360 grados, José se empezaba a quedar calvo, Águeda ya no tenía ese gesto triste que le acompañaba siempre y Mónica… Mónica había cambiado en todo su físico.

Adolfo, Marga, Álvaro, Felipe, José, Águeda y Mónica… Amigos inseparables desde la infancia. Habían estado juntos en el colegio, habían compartido todas las horas y los malos ratos del instituto… Se habían visto crecer. Sabían los puntos débiles de cada uno. En definitiva, eran amigos.

Coincidieron todos en la misma ciudad una tarde de mayo. Por pura casualidad, Marga recibió una llamada de Felipe quien le comunicó que había llegado a la ciudad la noche anterior. Y los móviles de todos ellos comenzaron a dar señales avisando que un mensaje estaba esperando para ser leído.

Hacía mucho tiempo que no estaban todos juntos. Esa tarde quedaron donde siempre, en su sitio de risas compartidas. Era una cafetería muy bonita, donde te ponían todo tipo de café y pasteles con formas muy divertidas. Aparte del buen ambiente que se percibía en ese local, ellos adoraban ese sitio por los recuerdos que les venían a la mente cuando estas se remontaban a la adolescencia.

Era increíble la complicidad y los lazos de unión que existían entre todos ellos. Mientras se trasladaban al punto de encuentro, todos iban pensando en lo mismo.

“Cómo hecho de menos aquellas tardes tontas en las que nos reíamos de cualquier cosa… Y aquellos días que estando tristes sin ningún motivo, siempre nos demostrábamos que nos teníamos los unos a los otros. Los días de playa, las películas en los cines, los primeros besos… Qué ganas de volver a verlos a todos, de volver a abrazarlos…”

Todas esas cosas que tanto anhelaban, no se encontraban tan lejos de ellos. Estaban en su día a día, estaban a cada paso que daban, en cada triunfo, en cada tropezón… Aunque no se daban cuenta, seguían siendo los mismos niños de siempre que se morían de ganas por tomarse el refresco de la tarde con sus fieles compañeros. El cambiar físicamente no implicaba que sus almas también cambiaran.

Seis de la tarde. Adolfo y Marga estaban ya sentados y poco a poco fueron llegando el resto. La última en llegar fue Mónica (siempre fue impuntual). Cuando ya estuvieron todos, no pudieron evitar abrazarse a la vez, como cuando un grupo de chavales celebran un gran gol de su equipo.

Al principio, se sentían un poco raros. Todos habían cambiado, pero seguían siendo tan iguales… Y había pasado tanto tiempo. En un par de horas escasas, se pusieron al día de todos los acontecimientos de sus vidas. Era increíble como en un par de años todo podía cambiar tanto. Un banquero, una peluquera, un bebé en camino, un albañil… Había de todo. Casi todos consiguieron sus propósitos. El único que no lo consiguió fue Álvaro. Siempre quiso ser camionero y al final llegó a ser director de un banco. Y era muy feliz así.

Todos sonreían y se maravillaban con las historias que se estaban contando esa tarde. Entre ellos, nada había cambiado. Águeda siempre fue la niña triste del grupo. No tuvo una infancia fácil y bastantes problemas protagonizaron su niñez. Pero ahora, lucía orgullosa una gran sonrisa en su cara. Esa sonrisa brillaba tanto que parecía que se la habían dibujado con los rayos del sol y los destellos de las estrellas. Y tanta felicidad se debía a que esperaba un hijo para el mes de septiembre. ¡Quién lo diría!

Hubo un momento de silencio. Sus voces se apagaron pero sus sonrisas siguieron brillando. Águeda comenzó a hablar:

-A ver… No podemos dejar pasar tanto tiempo para volver a vernos. Estamos comprobando que lo pasamos genial cuando estamos juntos. En nuestras vidas todo ha cambiado. Pero entre nosotros todo sigue igual que cuando teníamos dieciséis años. Comprendo que no podamos quedar todas las tardes por motivos de trabajo, de distancia o por mil causas más. Pero no debemos dejar que pasen otros tres años. Todos nos queremos, y lo estamos demostrando esta tarde. ¿Por qué dejar que la distancia y el tiempo enfríe nuestra relación?

Y así hicieron. Cuatro meses después volvieron a quedar para celebrar el nacimiento de la hija de Águeda. Y poco después, la boda de José. Y si no había nada que celebrar, quedaban de igual forma cada cuatro o cinco meses. Los que vivían en la misma ciudad procuraron quedar todas las semanas o siempre que podían.

No volvieron a distanciarse ni dejaron que pasara tanto tiempo para volver a darse un abrazo.

Y con ese gesto, el simple hecho de verse más, todos lograron ser un poco más felices y sonreír más. Volvieron a estar como cuando tenían dieciséis años.

¿Jugamos?

¿Jugamos? ¿Jugamos al escondite?
¿O mejor al pilla pilla?
¿Corremos siendo policías y ladrones?
¿O tal vez al balón prisionero?
¿Nos maquillamos imaginando que somos mujeres mayores?
¿Jugamos a las peluqueras, a las modelos o a los profesores?

Dame tu mano y cierra los ojos. Deja que tu mente viaje a su infancia. Deja que se embriague con los olores de antaño. Libera a tu alma infantil de su prisión adulta.
Olvídate de tus deberes por instante. Olvídate de tus preocupaciones. Saca el estrés de tu vida. Corre, salta, grita… ¡Vuela! Vuela a un mundo de Fantasía, a un mundo de color.
Vuelve a mirar a esa/e niña/o que fuiste un día y pídele que se quede contigo para siempre.
Vuelve a esconderte mientras juegas. Vuelve a repetir aquello de “un, dos, tres, pollito inglés”, vuelve a reír hasta que duela la tripa. Vuelve a disfrutar cada segundo como cuando eras pequeño.

Pero ahora… ¿juegas conmigo?

[Viaje a la Calle San Rafael]

[Viaje a la Calle San Rafael] Era tarde. Había tenido un día bastante tranquilo. Por la mañana había limpiado toda la casa, por la tarde había dormido un poco y después se fue a misa. Por la noche vio la tele y se acostó algo tarde.
Antes de coger el libro que había sobre su mesilla de noche, se puso a pensar. No sabía muy bien por qué, pero de repente viajó a la calle San Rafael, donde había pasado su niñez.
Recordó su casa. Era increíble… Tantos años después y aún se acordaba de ella como si todavía viviera allí. Vivían siete personas en ese lugar. Era una casa tan pequeña, tan pequeña, tan pequeña, que para poder respirar tenían que sacar las cabezas por el cerrojo de la puerta. Tal vez por ese motivo, siempre estaban en la calle. Cuando llegaban del colegio, se iban a la calle. Cuando merendaban, se iban a la calle.
No guardaba con cariño esos días en su memoria… Había tenido una mala infancia. Nunca conoció el cariño de una madre ni de un padre. Sin embargo, sí supo lo que era tener que ponerse a limpiar con tan sólo ocho años para que la casa no se derrumbara a causa de la suciedad. También supo lo que era dormir cinco hermanos en una habitación minúscula. Y llegar a tu casa y no tener ninguna cena preparada. No porque no tuvieran comida, sino porque su madre nunca cocinaba.
Lo había pasado muy mal… Desde que nació, hasta esa noche.
Apenas tenía ropa. Los zapatos que usaba eran varios números mayores al que ella tenía para que les durara más tiempo.
Pero, aunque no fue afortunada, siempre sonreía. El cariño que le faltaba por parte de sus padres, se lo daban a espuertas sus tíos, sus primos, su madrina, su abuela, etc. Se sentía querida cuando estaba con ellos.
Sí que recordaba con cariño los paseos con su tío, los juegos con sus primos, el día de Reyes, las veces que se iban al campo a recoger espárragos ella y sus tíos. Cuando esas imágenes volvían a su cabeza, no podía evitar sonreír.
Su padre la trató muy mal. Por ello, se marchó de casa con tan sólo diecinueve años. Un señor veinte años mayor que ella, divorciado y con cuatro hijos, le había prometido un mundo de mil maravillas si se iba con él. Un mundo sin preocupaciones, sin lágrimas y sin responsabilidades.
Y se marchó con él en busca de fantasías, de sonrisas perdidas, de suspiros ahogados. Pero no es oro todo lo que reluce…
Y seguía recordando cosas. Pero un gesto de dolor se apoderaba de ella cada vez que viajaba a la calle San Rafael. Muchas personas desean volver a su juventud, vivir de nuevo su niñez. Ella, sin embargo, deseaba con toda su alma poder olvidar aquellos días. Jamás volvería a ser niña o adolescente si le concedieran esa oportunidad.
Ahora era una señora. Una señora que había aprendido cosas que no vienen en los libros de la escuela, ni en los poemas, ni en las canciones. Había aprendido infinidad de cosas de la vida. Cosas, que pasan desapercibidas a los ojos de muchos de nosotros. Tal vez, los malos momentos hacen que sepas valorar mucho más los buenos.
Una señora inteligente. Una señora hermosa. Una señora querida por muchos y envidiada por más. Amable, educada, sincera, segura de sí misma. Aunque no había estudiado, sabía más que muchos licenciados en diversas artes. Era creativa, risueña, con muchísima imaginación.
Y ahí estaba. Una noche más, a la una de la mañana leyendo un libro que el destino quiso poner sobre su mesilla de noche. Recordando aquellos días de niña. Pensando en cómo desaprovechó su vida y en qué poco partido le sacó a su persona.
Imaginó durante un rato cómo hubiera sido su vida si hubiera explotado a fondo todas esas virtudes que tenía.
Pero se dejó seducir por la noche y se sumió en un profundo sueño.

Esa señora, es mi madre.

[Mirada enamorada]

[Mirada enamorada] Le miró fijamente. Esa mirada se había ausentado en ella durante demasiado tiempo. Y él ya comenzó a echarla de menos.
Él la amaba con toda su alma. Para él, no había otra persona en el mundo tan importante como ella. Le daba igual todo y todos. No quería comer, ni reír, ni mirar, ni tan siquiera respirar si ella no estaba a su lado.

Cada día recordaba el momento en el que sus miradas se cruzaron por primera vez. Fue en clase de Literatura Universal, y por accidente. A ella se le cayeron los apuntes y él le ayudó a recogerlos.

Desde ese día, su amor por ella iba en aumento. Y era amor verdadero. Era ese amor que se ve en las películas de fantasía o en los cuentos de príncipes y princesas. Ese amor que casi todos pensamos que no existe. Y estaba en él…
Cuando estaba con ella deseaba con toda su alma que ese instante fuera eterno. Sus besos, sus susurros, su sonrisa, hacían que su vida se convirtiera en el paraíso. Y esa mirada enamorada que tantas veces le había regalado… Era su mejor tesoro. Se sentía rey de reyes.

Pero tras veinticinco años de unión, la llama de la pasión fue apagándose lentamente en ella. Ya no sentía esa emoción cuando él le dedicaba un “te quiero”. Ella no volvió a mirarle con su mirada enamorada.

Pero él… Él seguía necesitándola. Seguía sintiéndose desnudo si los brazos de su amada no le cubrían. Sus dedos lloraban si no estaban entrelazados con su mano amiga. Él seguía pidiendo a gritos caricias… sus caricias. Como dice Sabina:

“lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos.”

Pero ese día, tras numerosas carreras en sus mejillas de lágrimas de desamor, tras numerosos “¿me amas?” sin respuesta alguna, ella le miró.

En su cara se dibujó una sonrisa y le volvió a dedicar a su amado esa mirada enamorada por la que él vivía y se desvivía.
Tal vez porque regresó la pasión. Tal vez por el recuerdo de un amor enamorado.